Por. Lorenzo Valla

Hoy en día existe el mito que los Estados Unidos de América ha sido por tradición un país de libertad, democracia, seguridad y riqueza. Sin embargo, esto es una mentira sembrada al son de terrorismo, asesinato, tortura, hambre, enfermedad innecesaria y miseria. No fue hasta que sus uniones poderosas, numerosas y armadas amenazaron directamente al presidente de la nación con una revolución durante la Gran Depresión de los años 30 que este país se dedicó, por lo menos hasta la década de 1990, a construir una sociedad en el cual la persona común, luego que uno fuese blanco, pudiese vivir de forma digna gracias a su trabajo. Sin embargo, hoy en día vivimos en unos tiempos donde nuestros hijxs y nietxs vivirán peor que nosotrxs, sin leyes laborales básicas ni uniones que nos defiendan. Hemos vuelto al pasado que se ha forzado olvidar de los Estados Unidos, y ahora los dueños de las corporaciones nuevamente nos piden que les demos las gracias por la oportunidad de trabajo y que nos callemos cuando ellos nos rebajan y roban los sueldos, nos obligan a trabajar en condiciones asquerosas, nos quitan los pocos beneficios que nos quedaban y nos obligan a arriesgarnos a contagiarnos de plaga mientras ellos felizmente veranean permanentemente en sus mansiones.       

Como un esfuerzo de este autor en hacer recordar el pasado verdadero de los EE. UU., que hoy en día promete su retorno, se estará hablando brevemente sobre las guerras del carbón de los montes Apalaches en Virginia Occidental, en el cual los mineros se organizaron para pelear, primero marchando y luego tiroteando, en contra de la miseria impuesta sobre ellos por sus patronos.

En el 12 de marzo del 1883, el primer cargamento de carbón se extrajo del poblado de Pocahontas en el condado Tazewell del estado de Virginia, transportándose por las ferrovías cercanas de Norfolk y Western Railway, marcando el comienzo de una fiebre intensa en los Apalaches por el oro negro que servía de combustible barato para las fábricas y las plantas eléctricas del país.

De un día a otro, pueblos enteros fueron fundados por todos los Apalaches, convirtiendo una región agrícola a una industrial y atrayendo miles y miles de inmigrantes europexs y afroamericanxs con la promesa de trabajo bien pagado y alquiler de casa barato. Sin embargo, esa promesa nunca se dio, y los mineros y sus familias, tan rápido como llegaron, fueron obligados a tomar parte de la industria minera que ya había comprado los derechos de la tierra, forzando a los mineros alquilar las herramientas y el equipo necesario para trabajar, obligando a los mineros a vivir dentro de barracas sucias e infestadas de insectos en los poblados de la compañía (que también se alquilaban) y obligando al minero a gastar su sueldo en la tienda de la compañía, que sólo aceptaba moneda de la compañía e inflaba los precios de forma exuberante, robando al empleado de cualquier sueldo mísero que sobrara luego del alquiler del equipo y el cuarto que su familia usaba para dormir. En adición, los mineros casi nunca eran remunerados por su trabajo de forma justa, aún con el sueldo mísero que ni siquiera era pagado con dinero real, gracias a un sistema conocido como ¨cribbing¨. Esta práctica consistía en pagar a los mineros por cada tonelada de carbón extraído utilizando carros mineros estandarizados para contener 2,000 libras. Sin embargo, esto era una mentira. Los carros eran alterados para contener más de lo que el contrato estipulaba, por lo que el minero solo se le era pagado por las primeras 2,000 libras mientras que este traía 2,500 o 3,000 libras, por ejemplo. Aquellos que pesaban los carros eran oficiales leales de la compañía, por lo que se le robaba al minero casi todo el tiempo. Finalmente, se le sumaba al obrero las condiciones de trabajo mortales que existían dentro de la mina. Los accidentes por la mala construcción de las minas efectuada por los dueños eran comunes.

No era fuera de lo común tener accidentes donde se morían cientos de personas aplastadas y asfixiadas por el colapso de un túnel o porque una explosión reducía los cuerpos de los mineros a huesos quemados y cenizas. El peor de los accidentes ocurrió en el 6 de diciembre del 1907 en una mina de la compañía Fairmont Coal en el pueblo de Monongah del condado de Marion en Virginia Occidental, donde una explosión mató por lo menos 361 personas. Es necesario añadir que los niños también trabajaban en las minas, tomando el puesto de su padre que, ya sea porque fue muerto dentro de la mina, porque su estado de salud no lo permitía, o el sueldo no daba para darle de comer.

Dado la mala paga y las demás condiciones infrahumanas mencionadas, los mineros se organizaron a finales del siglo XIX en uniones obreras locales por todas las diferentes minas de la cordillera, unificándose en el 1890 bajo los Obreros Unidos de América o UMWA por sus siglas en inglés. La UMWA logró en sus primero 10 años hacer varias huelgas exitosas en los estados vecinos a Virginia Occidental, como en Ohio, Indiana, Illinois y Pennsylvania. Sin embargo, no fue hasta el 1902 que la UMWA por fin pudo entrar a Virginia Occidental en las minas de la región minera de Kanawha, haciendo que las compañías de esa área formasen la Asociación de Operadores Mineros de Kanawha un año más tarde. Esto era un tipo de alianza entre las varias compañías mineras, hecha para hacerle frente al poder de la UMWA, donde se coordinaban entre sí para prohibir las victorias obreras que le restaban las ganancias por el cual nunca trabajaron. Su actividad principal era comprar los servicios de agentes privados de la agencia de detectives Baldwin-Felts, poco menos que matones con rifles, para que actuasen como perros guardianes de las minas y para que aterrorizaran y espiaran las actividades de la UMWA, logrando reducir su presencia.

mercenarios anti-obreros contratados por los dueños de minas

Luego de 10 años constantes de intimidación, carpeteo y violencia por parte de los matones pagados por los dueños de minas, se obtuvo el resultado de expulsar la UMWA de Virginia Occidental para el 1912. Dada la ausencia de la unión obrera, los dueños mineros rápidamente comenzaron una campaña de recortes de sueldos con poca resistencia. La respuesta obrera ante esto fue entonces convocar una huelga armada y general comenzando el 18 de abril de ese mismo año. Estas eran sus demandas: derecho a organizarse; reconocimiento del derecho constitucional a la libertad de expresión y la libertad de congregación; acabar con la práctica de no permitirle trabajo a los dueños de minas; acabar con la práctica de utilizar guardias armados privados; permitir utilizar tiendas que no sean las de la compañía; acabar con la práctica del ¨cribbing¨ y; la instalación de pesas en todas las minas para medir el carbón minado. Las uniones tienen el derecho de emplear sus propios medidores de pesas para asegurarse que no hubiese trampa que cuando la compañía pesara el carbón.

En el afán de proteger sus ganancias, la respuesta de las compañías aseguró que esta huelga, donde mineros sólo exigían condiciones dignas, se convirtiese en una de las huelgas más grandes y sangrientas de toda la historia estadounidense. Cada escalación provocada por los mercenarios de los dueños de las minas sea intimidación, sabotaje, forzar a los mineros fuera de sus casas, etc., solo obtuvo que la huelga se hiciese más y más grande: comenzaron a unirse líderes laborales nacionales, las demás uniones que no se unieron a la lucha contribuían con comida, armas y municiones y atraían más y más obreros a la lucha. Esto por su parte provocó que los gobernadores del estado interviniesen en la huelga, declarando la ley marcial y utilizando 1,200 miembros de la guardia nacional varias veces para tratar de desarmar ambos bandos. Sin embargo, esto no solucionó nada: el 7 de febrero del 1912 los mercenarios de las compañías se montaron en un carro blindado y, conduciendo por los campamentos mineros, abrieron fuego con sus rifles, logrando matar un minero. La represalia minera fue lanzar un ataque a un puesto de guardias en una batalla que duró horas y donde murieron 16 personas, casi todos mercenarios. Esta victoria obrera acabó con la paciencia del estado; poco después de la batalla el gobernador de turno Henry D. Hatfield propuso términos inmediatos para el cese de la huelga. Estos incluían reducir el día laboral a solo 9 horas, el derecho de comprar en tiendas que no fuesen de la compañía y las presencias de las uniones en las minas, entre otros. Aunque no se dio el derecho a organización, los mineros aceptaron los términos, volviendo a sus lugares de trabajo poco después. 

La victoria obrera dio paso a un periodo de relativa tranquilidad en las minas de Virginia Occidental que duró unos 6 años. Sin embargo, aún la UNWA no había penetrado en todos los condados por completo, especialmente el suroeste del estado. Con amplia oportunidad para que los dueños de minas, ahora apoyados por la policía local, reforzaran sus actividades anti obreras, los mineros nuevamente empezaron a ser víctimas de sus patronos vengativos. En particular fueron las atrocidades del jefe de la policía del condado de Logan, Don Chafin, que hizo que los mineros se organizaran nuevamente. Aunque Chafin rutinariamente arrestaba, asaltaba, hostigaba y aterrorizaba personalmente a cualquier sospechoso de las uniones, una comisión especial del gobernador John J. Cornwell lo declaró inocente. Esto, junto con una reducción en el sueldo de los mineros le dio comienzo a una nueva huelga.

En el 19 de mayo del 1920 los huelguistas mineros armados llegaron al pueblo de Matewan, donde convencieron a que 1,500 mineros se unieran. El próximo día 12 mercenarios de la agencia Baldwin-Felts llegaron al pueblo y empezaron a botar a las familias de los huelguistas de sus casas. Al ver esto el jefe de la policía Sid Hatfield animaba que sus vecinos se armasen y, cuando los agentes fueron a arrestar a Hatfield, se formó una balacera que dejó muerto a 4 pueblerinos, incluyendo el alcalde C. Testerman, y 7 mercenarios. Esta escaramuza, conocida como la ¨Masacre de Matewan¨ le dio comienzo a una sublevación general que duró 13 meses donde los mineros y los mercenarios nuevamente se guerreaban abiertamente y se declaró ley marcial en tres ocasiones distintas. Pero, los mineros lograban mantenerse en control de las minas.

No fue hasta el verano del 1921 que la derrota vino para los mineros. Sid Hatfield, héroe de los obreros, fue acribillado al frente de una corte en el mismo día que declarado inocente por lo ocurrido en Matewan el año pasado.  Enrabiados, los mineros decidieron marchar en protesta al pueblo de Logan en el condado con el mismo nombre. Este ejército, que utilizaban bandanas rojas para identificarse – ahí se originó el sobrenombre de ¨red neck¨ para los campesinos estadounidenses – y llegaron a la montaña Blair, que quedaba al lado de Logan, para el 28 de septiembre. Aquí siguieron llegando refuerzos para los mineros. Dos días después los rebeldes bajaron del monte con intención de tomar Logan, comenzando la batalla. Durante tres días los rebeldes chocaron con las líneas defensivas de los agentes mercenarios, estos últimos asistidos por la fuerza aérea del país que intentaba bombardear las posiciones mineras, aunque por suerte los aviones que utilizaron eran defectuosos y no lograron alcanzar su objetivo. En el tercer día los rebeldes recibieron la noticia de que el presidente Harding mandó tropas federales en su contra, ocasionando rápidamente la rendición del ejército rebelde y terminando la batalla. Temiendo otra sublevación más, las autoridades decidieron por la clemencia. La gran mayoría de los rebeldes no fueron acusados formalmente ante corte, la mayoría de los acusados fueron perdonados y de los sentenciados uno se escapó (nunca se atrapó), y los otros dos fueron perdonados por el gobernador de Virginia Occidental luego de tres años. Finalmente, aunque la actividad de la UMWA se redujo considerablemente luego de la derrota, en el 1933 se introdujo el Acta de Recuperación Industrial Nacional, que protegía los derechos de las uniones y permitió una organización rápida en los territorios donde antes los mineros tiroteaban a los mercenarios de los dueños de las minas.

La batalla del monte Blair es un símbolo poderoso para los trabajadorxs hasta el sol de hoy, y es sólo un episodio entre muchos del movimiento obrero, izquierda, socialista y comunista de los EE. UU. Aunque fue una derrota, fue este mismo tipo de acción que hizo la izquierda estadounidense de las más poderosas del mundo para estos tiempos y un recordatorio del poder que se puede llegar a tener cuando hay organización y coraje para luchar por los derechos de unx y de sus vecinxs.  

 

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